Entre los cristales rotos de un Brasil que no merece ser


Llegué hasta la entrada de la Catedral Metropolitana de Brasilia, desde ahí se puede observar el ambiente tenso y a la vez festivo de los manifestantes que invadieron tres horas antes, las sedes del Congreso, el Tribunal Supremo Federal y el Gobierno brasileño. La monumental construcción religiosa, también diseñada por el arquitecto —y comunista— Oscar Niemeyer, se encuentra a menos de un kilómetro de la Plaza de los Tres Poderes, que ha sido convertida en campo de batalla dominical.

Me siento en uno de los bancos que flanquea la entrada al sagrado lugar. Del otro lado, un grupo de partidarios bolsonaristas conversa animadamente y cuentan entre ellos sus hazañas. Desde dentro del recinto se escucha misa, varios de los manifestantes entran a la catedral a ofrecer limosna y rezar, o se persignan y hacen reverencias al pasar por la entrada.

Caminan sin prisa por la Explanada de los Ministerios. Visten la camisa verde-amarela que distingue al fútbol, envueltos en la bandera brasileña con la alegoría al «Orden y el Progreso», o con pulóveres que rezan: «¡Brasil encima de todo, Dios encima de todo!». Observo con cautela, converso con discreción; llama mi atención la diversidad que distingue a las personas que han decidido quebrar la Constitución e implantar su peculiar versión de orden y progreso.

Personas humildes, otras visiblemente de clase media; ancianos, ancianas, gente joven, algunos niños y niñas acompañando a sus padres; hay blancos, negros y pardos. Son los rostros visibles, los que han estado arrodillados y rezando por más de dos meses, soportando lluvias y frío, invocando la intervención militar del ejército o que algún designio celestial impidiese a Lula tomar posesión como presidente.

Los que organizan y financian, los que diseñan y estimulan la filosofía del odio y la ideología del fake news, están protegidos en sus lujosas mansiones, en absoluta impunidad. Mientras los fieles escuderos solicitaban el golpe militar y el retorno a la dictadura, que el clan Bolsonaro clama desde siempre, Eduardo —el tercero de esa dinastía— estaba en Catar, gozando de lo lindo durante el Mundial. Su padre, Jair Bolsonaro, director y principal animador de la puesta en escena de ayer, permanece en Orlando, Miami, desde el 30 de diciembre.

Pasa un hombre muy mayor en una bicicleta de carrera, envuelto en una bandera, y grita «¡Selva!» Es respondido con vítores por los que avanzan en retirada por el Eje Monumental de Brasilia. Selva es un antiguo código que se utiliza entre los militares brasileños para indicar «acción», «movilización», respuesta urgente ante «peligro». El simbolismo religioso, patriótico y militarista ocupa una parte importante del imaginario bolsonarista. Una particular psicología de masas ha establecido canales de comunicación que no por ser derrotados ocasionalmente, están vencidos.

La afirmación anterior es corroborada en la conversación que sostengo con una angelical joven de treinta y dos años, graduada de gestión pública. Al estilo de una Madonna de Michelangelo, cubre su cabeza y cuerpo con una bandera gigante. Me habla de su decepción con el ejército, del inminente peligro de que el gobierno de Lula permita que el «comunismo mundial» tome Brasil. Le pregunto si cree que esa violencia está bien, y me dice que no fueron ellos, que eran petistas infiltrados, que ellos solo «rompieron algunos cristales para entrar».

La muchacha hace un esfuerzo por ser convincente, me explica que ya el nuevo gobierno tiene una propuesta de proyecto de ley para estar treinta y seis años en el poder. Sé que no es cierto, pero la escucho con atención y no le contradigo. Se queja de que la prensa nacional y mundial está contra ellos, que los descalifican sin razón. «¿Qué si somos fascistas? ¡Claro que no!» ¿Y ustedes no temen que estas acciones puedan generar una guerra civil, derramamiento de sangre?, indago. Y me afirma con total candidez: «¡Los países que alcanzaron un mayor desarrollo tuvieron que pasar por algo así!» ¿Pero usted está dispuesta a pagar ese precio?, insisto. «¡Si es por el futuro de mi familia, estoy dispuesta, sí!».

En su aclamado texto Psicología del bolsonarismo, el filósofo y psicoanalista brasileño Diogo Bogéa intenta dilucidar preguntas cardinales, como: «¿Qué impulsa a tanta gente a inclinarse ante un “líder” político con devoción ciega y abierta idolatría? ¿Cómo explicar que tus familiares, amigos y vecinos, que quizás en otros momentos te han tratado con la debida cordialidad se vuelvan agresivos contra ti cuando se dan cuenta de que no estás de acuerdo con las ideas del “mito”? ¿Cómo podemos explicar que personas altamente educadas en nuestras universidades (profesores, ingenieros, abogados) rechacen las vacunas, crean en versiones alternativas delirantes de la historia de Brasil y del mundo, y tomen las noticias falsas más crudas como las realidades más puras?».

Interpelaciones como estas, aun con un gobierno favorable a la salida democrática, continuarán siendo esenciales para comprender el ecosistema político brasileño.

Cinco horas después del asalto comienzan a llegar refuerzos policiales. Los patriotas «verde-amarelos», los defensores del «orden, el progreso y la familia brasileña», ya caminan tranquilamente de regreso a casa. Los más osados no pierden la oportunidad de gritar: «¡Vergüenza!» a los policías que se cruzan en su camino.

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(Foto: EBS)

También aprovechan los vendedores ambulantes. En un carrito se vende agua, en otro churros, uno por allá cerveza, y hasta un churrasquero presta el patriótico servicio. Uno de ellos, en confianza, me afirma que «eso que están haciendo no lleva a ningún lugar», eso es «bajeza», «en la periferia donde vivo no se lo hubiésemos permitido».

Ayer mismo Lula regresó de su descanso dominical en São Paulo. A las 11 de la noche ya estaba en el palacio de gobierno, recorriendo varios lugares, tomando medidas y condenando los actos inconstitucionales. Por otra parte, Ibaneis Rocha —gobernador reelecto de Brasilia y cercano colaborador de Bolsonaro—, se apresuró a ofrecer disculpas a Lula y al país por lo ocurrido. De poco le valió, pues en la madrugada de hoy una decisión de Alexandre de Moraes, ministro del Tribunal Supremo Federal, lo ha separado del cargo por noventa días para que sea sometido a investigación.

Comienza el día con un clima tenso, triste, de dolor profundo. Ayer, un grupo de brasileños y brasileñas quebró los inmuebles que albergan el poder de la nación porque creen que así obtendrán la patria que desean. Otros, que son mayoría, están convencidos de que los cristales rotos, los locales saqueados y robados, la violencia acéfala; nada tienen que ver con democracia, familia, progreso y cristiandad.

En esa misma Explanada del Eje Monumental de Brasilia, junto a cientos de miles de brasileños y brasileñas, viví hace muy poco la alegría de ver asumir a Lula la presidencia. Hubo entonces abrazos, besos, cantos, bailes y saltos de júbilo. Una semana después vivo y me conduelo, porque tengo la certeza de que la quebrantada nación de ayer no será el país de hoy y del mañana que espera, y merece, este pueblo divino y maravilloso…pero sin dudas queda mucho por (des)hacer.



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